Amo

¿Para qué quiero yo ser rico? Esta frase la dijo un hombre que tenía fama de tacañete; parece una contradicción ¿verdad? Todos tenemos este tipo de incoherencias en nuestra personalidad, pero en este caso estamos hablando de Lorenzo del Amo, segoviano que se dedicó a muchas cosas en la vida, pero que destacó por organizar viajes de aventura durante el último cuarto del siglo pasado.

Lorenzo del Amo representaba el espíritu del viajero independiente. Todos los que lo conocieron pudieron sentir su poder de seducción al hablar de lugares, viajes y culturas.

 

      

Cuando hablaba hipnotizaba, te hacía ver que las cosas imposibles eran factibles, que se podía ir a lugares donde todo el mundo te decía ¡ni se te pase por la cabeza ir allí! Que se podía visitar países a donde nadie se le ocurriría ir. Que se podía viajar, y vivir, sin apenas dinero. 

Su infancia y juventud se desarrollaron en la España gris, monótona, estrecha y mojigata de la dictadura. En ese tiempo muy poca gente salía al extranjero y el pensamiento general era muy uniforme. En ese contexto, la iniciativa de Lorenzo de hacerse con un viejo autobús y organizar viajes a la India por carretera, fue una auténtica revolución.

Le tocó de lleno la época Hippie. ¿Era Lorenzo un hippie? Él decía que no, pero si tenemos en cuenta que amaba los viajes, la carretera, la música rock,que vivió un tiempoen una comuna en la India, que le gustaba más hacer el amor que la guerra, podríamos deducir que era un hippie de manual.

En los años setenta hizo su primer viaje organizado a Katmandú. Era la ruta de los hippies, a través de Turquía, Irán, Afganistán, Paquistán, India y Nepal. Para algunos no era una ruta de ida y vuelta porque muchos aventureros/viajeros se quedaban enganchados con las drogas. En aquellos tiempos los gobiernos de los países occidentales estaban preocupados porque muchos de sus hijos no regresaban de su viaje de aventura. Pero Lorenzo del Amo sí volvió. Nunca perdió el norte ni separó los pies del suelo.

 

 

A finales de los setenta hizo su primer viaje a África. Compró un tractor de segunda mano y con unos amigos atravesó el desierto del Sahara hasta llegar a Camerún. Nada se le ponía por delante, ni las arenas del desierto ni el barro de la selva. El motor de su David Brown era muy potente, pero más lo era su voluntad férrea.

 

 

A comienzos de los ochenta organizó un Madrid-Nairobi (Kenia) en un veterano camión acondicionado con literas. Cuando en España estábamos intentando consolidar la democracia, Lorenzo, con grasa y barro en las manos, hacía llegar aquel camión MAN hasta las playas de Mombasa, en el Pacífico.

En enero de 1982, volvía ese camión a surcar las arenas del desierto. Destino: Abijan (Costa de Marfil). Esta vez no quiso el destino que las cosas salieran como Lorenzo quería. Al zambullirse en las aguas del río Níger, cerca de Niamey, se dio en la cabeza con una roca oculta bajo el agua color café con leche del río Níger y quedó tetraplégico. 

Parecía que el destino había frenado la apabullante voluntad de un hombre especial, pero no fue así. Continuó organizando viajes desde su silla de ruedas, a golpe de teléfono, con una solidez mental a prueba de bombas, y con la ayuda de Rosa, Marxia y su amigo del alma Carlos, Lorenzo estuvo durante años organizando safaris por Kenia, Tanzania y otros países africanos.

El genocidio de Ruanda de 1994 marcó el declive definitivo de los safaris en esa zona de África. Lorenzo continuó unos pocos años más llevando a viajeros a Etiopía, pero abandonó la actividad al acabar el milenio.

 

 

Por su casa madrileña pasaban amigos todos los días. Todo aquel que quería hacer un paréntesis en su rutina de trabajo y vida predecible, y deseaba sumergirse en el mundo de los viajes de aventura, no dudaba en acercarse a esa vivienda del madrileño barrio de Chamartín donde encontraría a un personaje que te envolvía con sus historias, vivencias y consejos. Lorenzo tenía la capacidad de disparar tu fantasía, de llevarte con cuatro frases a lugares y situaciones de otro mundo y de hacer que salieras de su casa-museo con el corazón ligero y una sonrisa en la cara.

No era una persona normal, es decir, era extraordinario porque no se le ocurría nada “normal”. Irse a la India en un viejo autobús de desguace, irse a África en un tractor o volver a África cuando ya iba en silla de ruedas demuestra que estamos hablando de un maestro de transgresores, de un referente para revolucionarios, de un inventor de maneras de vivir distintas.

 

 

Era un idealista. Su pensamiento estaba alejado del materialismo imperante en la sociedad actual, sin embargo, al comprar o vender, siempre regateaba, se convertía en un mercader muy tenaz, comparable con el comerciante más agresivo del zoco de Marrakech. Pero eso era sólo un juego, porque el dinero nunca fue su objetivo último.

A Lorenzo del Amo le encantaban los desguaces de automóviles, un día estaba buscando ruedas usadas con un amigo en un cementerio de coches de San Martín de la Vega, cerca de Madrid cuando vieron un tráiler.

“Aquí se podrían poner 60 asientos, Lorenzo. Imagínate transportar a 60 clientes en un vehículo de estas dimensiones. Te forrarías” dijo el amigo.

"¿Y para qué quiero yo forrarme?”, fue su respuesta.

Fue un maestro del viaje y un maestro de la vida, porque, como dicen muchos, “la vida es un viaje”.

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