Viajar para entender

En 1977, mis padres pisaron por primera vez África. Hicieron un pequeño viaje recorriendo Marruecos. Después de ese viaje  recorrieron el mundo durante décadas. Atravesaron el Sahara en Land Rover, conocieron una China que abría sus fronteras tras la muerte de Mao y recorrieron Estados Unidos en una Volkswagen amarilla.  Pero entre Nepal y Brasil o entre Rusia y Argentina, siempre volvían a África. Acabaron por establecerse en Nairobi, Kenia.
 
 
Allí nacimos mis hermanos y yo. En una casa de muros blancos y un jardín siempre verde. En la cocina había mangos y fruta de la pasión. Las calles no estaban asfaltadas, eran caminos de tierra roja llenos de gente en bicicleta cargando con voluminosos bultos.
 
Desde que tengo memoria he acompañado a mi madre a los mercado de la ciudad. Las dos de la mano nos subíamos al "matatu" hasta llegar a barrios desconocidos con mercados fantásticos. Lugares llenos de movimiento, de frutos, de cestos, de telas, de herramientas...  Masais, Samburus y Kikuyus. mujeres envueltas en "kangas" de llamativos colores, con pelucas brillantes.  Allí era donde ella compraba abalorios, cueros y objetos con los que hacía collares en la casita de madera que era su taller.
 
Unos años más tarde nos instalamos en España. Pero pronto, empezamos a explorar otros países del continente, otras culturas, otras maneras de pensar.  Dormimos bajo el cielo estrellado en el desierto sudaní. Vimos el Nilo atravesando el Cairo,el verde de Etiopía, la costa de Mozambique y sus pescadores, Tanzania y su imponente Kilimanjaro, Namibia, sus dunas y la elegancia de las mujeres himba, Zimbabwe,  cocodrilos y atardeceres rojos...
 

 

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